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Han
existido marchas que parecen mítines y mítines que parecen marchas, así
como demostraciones que fueron un poco de ambas. Sin embargo, cuando la
juez federal falló en el sentido de que las demostraciones contra la
guerra deberían ser un mitin en Manhattan en un Sábado pero no una
marcha por las calles, la juez realizó una distinción que los
historiadores y otros dicen que puede tener un peso simbólico
mayúsculo.
En los movimientos de protesta de masas de las dos últimas centurias,
el acto de marchar ha significado poder psicológico y emocional que los
académicos reconocen, y que aseguran que un mitin sin movimiento carece. El simple acto de moverse hacia adelante como parte de un
grupo,
hecho de diversos contingentes, tiene una fuerza visceral que energiza
no sólo a los participantes sino también a quienes observan.
Durante
el movimiento a favor de los derechos civiles, las marchas constituyeron
una forma específica de expresión política, una declaración contra
la segregación, un rompimiento de lo local hacia un alcance público
mayor. Y fueron actos efectivos. En la perspectiva de los historiadores,
en 1965, por ejemplo, la marcha de Selma a Montgomery, Alabama,
transformó el movimiento aún desconocido a favor de los derechos de
voto en Selma en una fuerza nacional. “La acción común hace algo que
la presencia común no logra,” señaló Clark McCauley, profesor de
psycología en el Colegio Bryn Mawr [Bryn Mawr College] especialista en
dinámicas de grupo: “Esto produce cohesión y poder, así como tal
vez un mayor sentido de universalidad, como si todos estuvieran a
nuestro favor, y cualesquiera que sea la razón de la marcha, ésta
cuenta con todo el poder de todos nosotros juntos.”
A
causa de lo que la historiadora Clayborne Carson describe como la tensión
entre el deseo del gobierno a contener las protestas dentro de límites
prescritos y el deseo de los manifestantes a exceder esos límites,
algunos académicos afirman que, con frecuencia, los organizadores han
aceptado las restricciones respecto a su libertad para marchar a cambio
del permiso para que una multitud más numerosa pueda reunirse. Antes de
la marcha de 1963 en Washington, la Administración Kennedy trabajó con
las organizaciones de derechos civiles que habían planeado la protesta,
con objeto de persuadirlos de que no marcharan a través de la ciudad
como habían previsto. Como resultado, la marcha de 250,000 personas fue
confinada a un área alrededor del Monumento a Washington y el Memorial
de Lincoln y se le recuerda más como un mitin.
“Dijeron
O.K.: locaciones más pequeñas, menos marcha, menos movimiento, más
aglomeración de personas,” dijo Lucy G. Barber, una historiadora en
los Archivos del Estado de California y autora del libro “Marching on
Washington: The Forging of an American Political Tradition” [Marchando
en Washington: El Forjamiento de una Tradición Política Estadounidense] (University of California, 2002). “Esa es una de las
cosas que marchas posteriores han sacrificado con frecuencia: marchar
con el fin de obtener más número de asistentes.”
Los
manifestantes contra la guerra contra Irak, hubieron llevado a juicio
legal a la ciudad por rehusarse a permitir que más de 100,000 personas
marcharan sobre First Avenue [la Primera Avenida] pasando frente a
Naciones Unidas, al oeste en la Calle 42 [42nd Street] y hacia el norte
hasta el Parque Central [Central Park[. La ciudad, arguyendo que la
marcha presentaba riesgos de seguridad, había sugerido un mitin para
10,000 personas en la Plaza Dag Hammarskjold en la Calle Este 47 [East
47th Street], con el resto de la multitud cubriendo el resto de la
Primera Avenida [First Avenue].
La
juez, Barbara S. Jones del Circuito de Distrito de Estados Unidos en
Manhattan, declinó forzar a la ciudad a permitir que el grupo marchase.
La juez dijo que los organizadores habían proporcionado muy poco tiempo
e información a la ciudad para prepararse, y dijo que las
preocupaciones de la ciudad sobre el control de multitudes fue sopesado
por el hecho de que el país y la ciudad están en el segundo nivel más
alto en la alerta de seguridad.
Aunque
el grupo New York Civil Liberties Union [Unión de Libertades Civiles de
Nueva York] apeló con base en que los derechos de la Primera Enmienda
para los manifestantes estaba siendo violado, un panel de la Corte de
Apelaciones de Estados Unidos del Segundo Circuito en Manhattan sostuvo
la decisión de la Juez Jones. Acorde con el fallo de los jueces Jose A.
Cabranes, Fred I. Parker and Lewis A. Kaplan, “El derecho a utilizar
los foros públicos como las calles para dar discursos y para reunirse
no es un derecho absoluto.”
Lo
que le otorga el poder a una marcha es curioso y complejo. En la obra
“Keeping Together in Time: Dance and Drill in Human History,” [Manteniéndose Juntos en el
Tiempo: Danza y Práctica en la Historia
Humana], el historiador William Hardy McNeill sugiere que el movimiento
compartido, rítmico ha jugado un rol profundo en la construcción de
comunidades y da pie a lo que ha sido descrito como una sensación de
camaradería que parece facilitar la cooperación. “Cada movimiento
social de alguna importancia ha tenido marchas masivas, no sólo picnics
o reuniones,” declaró Michael Kazin, profesor de historia en la
Universidad de Georgetown, quien se especializa en política y
movimientos sociales. “Los prohibicionistas marcharon sobre Washington
en 1913, las sufragistas por el voto a la mujer marcharon sobre
Washington, han existido marchas contra la guerra así como marchas a
favor de la guerra.”
Así,
a mediados de los años 1960, Cesar Chavez encabezó la marcha conocida
como United Farm Workers, a lo largo de 350 millas desde Delano,
California, hasta su capital, Sacramento,
proveyendo atención nacional al sindicado que representaba.
Existe una historia muy grande de marchas en Nueva York, incluyendo una
silenciosa contra los linchamientos –en 1917-, una para demandar ayuda
al desempleo, una a favor del desarme nuclear –en 1982, con 700,000
personas- y en 1994 una marcha y mitin conmemorando el incidente en el
bar Stonewall Inn, mismo que ayudó a iniciar el movimiento gay
contemporáneo.
“Generalmente
se tienen tanto la marcha como el mitin,” asegura el profesor Kazin,
“muestras tu fuerza en la calle, gritas mucho, logras que la gente
hable sobre tí. Luego te reúnes y escuchas los discursos. La marcha
tiene como objetivo reunir apoyo, mostrar tu poder, convencer a la gente. El mitin logra esto pero en diferente
intensidad, pues se trata más
bien de reunir a personas que ya están convencidas por la causa.”
Para los participantes, marchar les significa un mayor sentido de
contribución y de involucrarse en el asunto de lo que implica estar de
pie, reunidos y escuchando. Una marcha hace posible que cada contingente
que pase exprese sus puntos de vista. Una marcha también puede producir
imágenes de video poderosas.
“Mirando
hacia el pasado histórico, el movimiento a favor de los derechos al
voto en Alabama habría sido retrasado severamente si la marcha hubiese
sido limitado al interior de Selma,”, explica el profesor Carson,
historiador de Stanford y editor de los documentos del Dr. Martin Luther
King Jr. “Lo importante fue el hecho de marchar hasta el centro mismo
del gobierno en Montgomery, esto transformó movimiento sufragista
relativamente pequeño y prácticamente desconocido en un movimiento de
importancia nacional.”
Finalmente,
David J. Garrow, historiador sobre derechos civiles en la Univesidad de
Emory, y que vivió en Manhattan en los 80’s y 90’s, sugirió en una
entrevista que existe un nimio poder simbólico en la Plaza Dag
Hammarskjold. “No se trata de Naciones Unidas, ni de la Alcaldía, ni
siquiera del Parque Central. Existe una devaluación simbólica inmensa
en ser restringido a un espacio relativamente sin importancia ni
significado.”
“Denial
of March Cost Antiwar Protesters Symbol”, By JANNY SCOTT, New York
Times, Feb. 13.
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2003
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Published 18.02.2003 |
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